Sábado , 17 noviembre 2018

MUERE DECANO DEL MUNDO DEL ESPECTÁCULO EN ACAPULCO

Por: Carlos Ortiz Moreno.

Arturo Escobar García, Lo conocí en 1971. Veía aquella serie gringa “Combate”, sentado yo en una silla dizque tapizada cuyos antebrazos estaban carcomidos, cuando Octavio Castillo “El Pollo” me lo presentó.

—¿Y quién es este chamaco? ¿qué hace tan tarde aquí?

—Es el hijo de Carlos. Está viendo la tele.

—Ese hijo de su chingada madre… refunfuñó para, casi inmediatamente, taparse el exabrupto salido en aquella boca. Me dirigió su mirada y me ofreció una disculpa. Lo vi retirarse. Salió por la enorme puerta lateral que no era otra cosa más que el lugar donde se entregaba, a los voceadores que llegaban por la madrugada, el mejor periódico de hace 45 años —el más leído por sus contenidos—: Trópico.

Y, tras cruzar la plazoleta hecha de adoquines rojos, esa figura casi encorvada la vi perderse en las sombras de las casas de tejas en esos vericuetos llamados callejones del histórico barrio de El Capire.

“El Gacela”, uno de los trabajadores del taller de Trópico, siempre me decía, con su cara sonriente llena de la maldad del doble sentido:

—Míralo… el cabrón va a comerse sus tacos con pollito… y más tarde va a andar buscando pollitos para comérselos.

Obviamente, a mis diez años, no entendía de esa maledicencia en el hablar y pensar de aquel hombre apodado así por tener una discapacidad física en una pierna por consecuencia de la poliomielitis.

Para cuando mi padre terminaba de redactar sus notas y yo ya había hecho mis pininos en las correcciones de las galeras, lo volvía a ver —desde aquellos enormes ventanales del periódico— atravesando la calle Ignacio Zaragoza, irse a la esquina de la farmacia La Roqueta y cruzar la avenida Cuauhtémoc.

Casi enfrente del periódico, Arturo hacía su entrada triunfal y como buen matador, recibía loas de quienes estaban en el interior del Tenampa.

Esa era la rutina, de Arturo, de todos los días. Siempre de noche hacía su doble vida muy personal. En esos tiempos, los prejuicios sociales se imponían sobre cualquier preferencia sexual en que no se contaba con derecho ni legal ni moral alguno.

Recuerdo perfectamente que, cada vez que se veían en la calle, Arturo y mi papá se gritaban —cada uno desde su banqueta— y se decían mil chingaderas. Esos encuentros me atemorizaban.

Se amenazaban, se insultaban, se mentaban la madre y cuando los dos cruzaban la calle se fundían en un abrazo… y se hablaban de usted, deseándose parabienes mutuos.

Sobra decir que Arturo Escobar García fue único en la cobertura periodística de la fuente de Sociales. Era un mundo que nunca comprendí y que jamás cubrí en mi carrera reporteril. Lo sentía un mundo de hipocresía en el cual yo no cabía y siempre veía con recelo su contenido.

Arturo sabía de mi aversión y me aconsejó:

—Tienes que aprender a ser hipócrita. Tienes que fingir tus cualidades, tus virtudes, tus defectos y tus opiniones. Así te tienes que abrir pasos en la vida. No hay de otra, Carlitos.

Fue la más perfecta definición de su propia vida en la que siempre procuró esconder su preferencia sexual.

Don Mauro Jiménez Mora, con el impulso de empresarios acapulqueños, funda y dirige Diario 17. Convoca a Arturo para ser partícipe y redactor de esa sección que, quiéralo yo o no, la gente de la élite acapulqueña siempre buscaba.

Arturo se rodeaba lo mismo que de titulares de relaciones públicas de hoteles y empresas diversas que requerían de sus crónicas que de gente que integraba aquellas familias de viejos acapulqueños que gozaban al ver sus fotografías y sus eventos sociales impresos en las páginas del diario.

Y así como va pasando la vida frente a uno, casi sin darse cuenta, así se fueron yendo a menos todas aquellas aventuras periodísticas de uno de los grandes reporteros de esa fuente.

Lo dejé de ver por mucho tiempo y algunos amigos comunes me indicaban que la enfermedad de la vejez estaba haciendo estragos en esa memoria de fotografía que le recuerdo perfectamente bien.

Y lo que irremediablemente tenía que pasar, sucedió.

Esta madrugada me enteré, en un mensaje de Miguel Ángel Mata Mata, que ha concluido su ciclo de vida.

Ya no respira más y ya no podrá contarnos más historias de aquellos buenos tiempos que vivió al lado de sus grandes amigos Enrique Díaz Clavel, Bella Hernández Felizardo, Andrés Bustos Fuentes, Manuel Galeana Domínguez, Maritrini Ponce Rosas, Roselia Escobar, Marisela Ursúa Ballanis, Andrés y Raúl Pérez García, Jorge Laurel Contreras, Raúl Cordero Cordero, Edith Hernández Felizardo, el propio Mata Mata y tantos y tantos más, periodistas todos.

Aquella noche de abril del 2007 en que me acompañó hasta el féretro para ver a mi papá, lo vi sollozar.

De sus ojos salían lágrimas verdaderas que hacían a un lado aquella hipocresía a la que tanto defendió en sus escritos.

Tras secárselas con un pañuelo que siempre guardaba en el bolsillo de sus pantalones, me lanzó el curricán de esos temores que me infundieron ambos:

—Carlitos… ¿y ahora a quién le mentaré la madre?

Sabía que me lo estaba diciendo desde el fondo de su corazón. No supe responderle esa vez.

Once años después, casi estoy seguro quién lo habrá de encontrar del otro lado para recordarle a su santa progenitora.

Descansa en paz, Arturo.

Buen viaje.

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