Martes , 19 junio 2018

LA FARSA DEL GRADO ACADÉMICO DE LOS POLÍTICOS

Acapulko tropikal

Por: Misael Habana de los Santos

No sé de donde venga este culto hacia la escolarización y este deseo insano de poseer títulos académicos para cubrir las paredes salitrosas de las casas de la incipiente clase media porteña. En mi pueblo se oía decir con frecuencia “manda a estudiar a tu hijo, aunque sea para maestro”.

Porque la universidad era para los nobles, para los pudientes y quizás de ahí venga este culto hacia el título académico. Será por nuestro escaso desarrollo cultural o por nuestra temprana incursión en el laicismo cuando nuestra joven República cerró de tajo el derecho de sangre, los títulos nobiliarios, y nos dejó el título universitario –el profe, el lic, el maestro y el doctor– como mecanismo de prestigio social y para recordarnos por siempre, de manera picaresca, que aún había clases sociales. La trama de esta farsa en la que todos actuamos ha sido llevada al límite por algunos actores políticos, los que sin ningún rubor utilizan la meritocracia académica para autocalificarse o descalificar al oponente. Y si para obtener este pasaporte al éxito es necesario comprar, corromper, por supuesto que hay autoridades universitarias patito, dispuestas a vender los papeles que acrediten al aspirante como egresado universitario, toda vez que la Universidad de Santo Domingo parece haber cerrado definitivamente las puertas de la credibilidad pública. Yo no sé de dónde los políticos han sacado que para acceder a un puesto de representación popular hay que tener título académico emitido por cualquier universidad. Sí, de cualquier universidad. Falso, no es necesario. Y un título se presume dependiendo de la escuela que lo emita. Si no, es mejor esconderlo. Aquí podría aplicar aquello de, dime de qué universidad vienes y te diré quién eres. Otra, el título no es determinante para medir el nivel profesional y capacidad intelectual de las personas. Un ciudadano autodidacta puede rebasar a cualquiera que haya pasado de día por una universidad y, peor aún, de noche o de día al que haya asistido a cualquiera de las patito que abundan por aquí. Pero bueno, últimamente, proliferan los maestros y doctores sobre todo en el mundillo rural político en que vivimos. Levantas una piedra y salta un doctorado. Claro, doctores que no publican nada como debe de ser y mucho menos leen. Si usted conoce a alguien que se dice especialista y no tiene obra publicada sobre su especialidad comience a dudar. Como anécdota de la cultura política local, hay que recordar a un candidato del PRD a la Presidencia Municipal del puerto que manejó su imagen propagandística como “el presidente inteligente”, recargado en una montaña de libros. Sí, de esos libros que no se leen y que la gente sin cultura libresca utiliza para decorar la sala de su casa y apantallar ignorantes: enciclopedias lustrosas que nadie abre, colecciones insulsas, etcétera. El discurso de la izquierda electoral ha utilizado esta dualidad y contradicción: academia versus burrez.

Pero ni la academia ha vacunado a los brillantes universitarios que han usufructuado el poder contra la corrupción. Nuestros mayores desastres para el país han venido de ambos grupos, de los universitarios y de los que no fueron a la universidad. La honestidad no necesariamente pasa por Salamanca.

Todo esto viene a cuento por el uso y abuso de los títulos como recurso para ganar votos, como si los grados fueran la vacuna contra la corrupción. Lo que la sociedad quiere es gente honesta en la administración pública, no doctores con conocimiento que lleguen a saquear.

Uno de los candidatos que ha utilizado este discurso es Jacko Badillo, egresado del Tecnológico de Monterrey, por méritos deportivos más que académicos, y que usa el título de “doctorante” por la Universidad Americana de Acapulco, para marcar su territorio impenetrable frente a los demás.

Lanzo este reto público a todos los candidatos a puestos de representación popular en este proceso electoral que tengan títulos universitarios a un examen de cultura general y estoy seguro que pocos lo pasarán, en la izquierda, centro y derecha.

Y no ocurriría nada, simplemente sería reconocer lo que realmente son y dejar de simular por el simple hecho, en el mejor de los casos, de haber ido a la universidad, o por haber tenido dinero para comprarse un papel que lo acredite como un falso profesional.

Ejemplos, hay muchos. Apenas ayer, Jacko Badillo fue pescado como pargo mañoso con una ingenua pregunta planteada por estudiantes ídems de una escuela desconocida. –Cien años de Soledad, de Octavio Paz –respondió con seguridad y frivolidad el doctorante de la UAA, cuando le preguntaron por sus lecturas y se refirió a la obra de García Márquez. Así es la vida en este puerto, donde hay algunas personas maledicentes… y donde el que no cae, resbala.

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